El sueño hecho crack

escrito por LaCeleste.cl - 27 11 2016 - Noticias - 0 Comentarios

Mi fanatismo por O’Higgins no tiene un origen familiar. No fue mi padre, ni mi abuelo, ni un tío, ni nadie de mi familia quien me impusiera el amor al club –de hecho, en su mayoría son hinchas de otros equipos–. Tampoco deviene de grandes campañas, ni del bombardeo mediático que generan, por ejemplo, los mal llamados “equipos grandes”. Si alguien me pregunta dónde nació este amor, tendría que responderle que nació entorno a mis amistades de infancia, entorno a las mil y una pichangas que jugamos con mis amigos, creyéndonos Nelson Tapia, El Mauro, Roque o el Tunga González. Siendo el O’Higgins de la calle Teniente Merino, de la Población Santa Julia.

Esto fue lo primero que se me vino a la mente cuando ayer sábado, en el contexto del partido disputado por O´Higgins y Colo Colo, entraba al templo de ilusiones –para variar atrasado– al ver en la galería Rengo un lienzo que decía “Rancagua es del …….”. Recordé que soy de O´Higgins por lo ya señalado; es decir, por mis amigos, pero también recordé que amo estos colores, porque representan mi ciudad, porque es parte de mi identidad. Porque en mi vida personal no me gustan las cosas fáciles, ni las ayudas, ni la arrogancia, ni la poca humildad, cuestiones que desde pequeño logré divisar en ese equipo santiaguino del cual eran hinchas algunos amigos rancagüinos pero que en nada nos representaban a mi núcleo más cercano. Al pensar en el origen de mi fanatismo, a la vez recordé este odio deportivo (debo aclarar que es deportivo y no en otro contexto) que le tengo al equipo incoloro. Recordé que en esas pichangas de barrio el clásico era contra los colocolinos y que perder no estaba permitido.

Pero vamos al partido en sí. Luego de este refresco de memoria sobre mi origen celeste y mi odio contra el popular, comenzó el nervio y la ansiedad, pues nos jugamos cosas muy importantes en el torneo: seguir en la lucha por la segunda estrella, detrás del puntero Deportes Iquique.

Lo primero que se debe mencionar –y reafirmando que el lienzo antes comentado es un absurdo– es el hecho que el estadio estaba pintado de celeste y resaltaba el lienzo oficial de la más fiel de todas. La mejor barra que haya tenido el club en su historia: la gran TRINCHERA CELESTE. Independiente que en algunos momentos no he estado de acuerdo en ciertas cosas con la barra, siempre he reconocido su gran labor, su pasión para con el club y el compromiso que tienen todos y cada uno de sus integrantes con hacer cada día más grande al mismo y ayer no fue la excepción. Al estadio colmado de celestes se le sumó un nuevo gran lienzo oficial y una salida hermosa, llena de banderas y el celeste por todos lados. Estaba todo dado para que fuese un gran día. No cabía otra posibilidad. Los visitantes debían irse sin nada.

En lo que respecta al partido, fue muy disputado de principio a fin, principalmente en el medio campo donde resaltó una figura gravitante y que, siguiendo la línea de mis pichangas infantiles juega, creo, con el mismo nivel de amor y pasión que lo hacíamos en aquella época. Veo en Juan Fuentes al hincha hecho jugador, al niño celeste cumpliendo el sueño de vestir la camiseta. La forma en que se come la cancha y a los rivales. El despliegue físico que se realiza es notable y digno de resaltar y aplaudir. Podría decirse, parafraseando al pelao chanta, que Fuentes enmarca todo lo que el amateurismo nutre al fútbol profesional.

Dentro de este contexto, un partido tenso, trabado y con poco fútbol asociado, llegamos al minuto 33 del primer tiempo donde vivimos un momento surreal, mágico e inolvidable. Porque para mí el gol de Calandria es de otro partido, de otro momento e, incluso, de otro espacio-tiempo. El gol de Pablo Ignacio es el gol que siempre soñé hacer vistiendo la camiseta más linda del mundo y, creo, el que todo iluso alguna vez soñó: de chilena contra el rival más odiado, en casa y a estadio lleno. Simplemente, pura magia y felicidad. Recordé, en ese momento, los goles del Condorito Ugarte, del Tunga, Retamar, en aquellos años de mi niñez donde nació mi pasión y donde fue costumbre ganarle uno a cero a los sin color.

Resulta irrelevante que posteriormente se le fuera un penal y que fuera erróneamente expulsado. La figura de Calandria, el nivel de crack que es y su calidad de ídolo nos hacen imposible esbozar alguna crítica. Celestes, con la cara llena de risa por lo que resta de año, los invito a disfrutar del más grande ídolo que ha tenido este club. Eso es Pablo Ignacio Calandria. Podremos contarles a nuestros nietos que lo vimos jugar, que gritamos sus goles y, lo más importante, lo vimos hacer un gol de chilena a Colo Colo, lo que nos permite cumplir sueños de niñez y seguir anhelando la segunda, de la mano de un CRACK.

Salud, hermanos celestes. Que Calandria los bendiga.

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